Conmigo Viajas
Silueta de un barco de vela sobre el mar en la puesta de sol. Cielo casi amarillo dorado

Hace exactamente 100 días que empecé mi viaje. Con bastante poca idea de la ruta que seguiría, pero con mucho entusiasmo, cogía el primer avión a Bangkok.

Hoy, con mis días en Laos llegando a su fin, un poco menos entusiasmada que el primer día y aún sin una ruta muy establecida, sigo pensando que es aquí donde quiero estar y es esto lo que quiero hacer.

Empecé viajando rápido con mi amiga Glory. Con ella recorrí parte de Tailandia, vimos templos en Bangkok, nos perdimos en Ayutthaya, llegamos a Chiang Mai en tren-cama, me enamoré de Pai y nos acomodamos demasiado en Karon Beach.
Me dejó sola, pero no triste, y bajé el ritmo y el presupuesto. Visité Krabi, me relajé en Koh Yao y me saqué el certificado de buceo con los chicos de Ihasia en Koh Tao.

Volé a Myanmar, me emocioné en Bagan, enfermé en Monywa, recorrí en moto “las tres ciudades antiguas” de Mandalay, caminé sobre una cascada en Pyin Oo Lwin, crucé el viaducto de Goteik sin apenas pestañear, hice trekking en Hsipaw, caminé desde Kalaw hasta el Lago Inle con un divertido grupo de adolescentes y vi millones de murciélagos saliendo de una cueva en Hpa-An.

Entré a Laos por tierra, hice amigos recorriendo el Mekong en barco lento y en kayak, asistí a un festival de elefantes, me bañé en una laguna azul, me perdí en el interior de una calabaza gigante, sobreviví a los transportes laosianos,  crucé una cueva de 7 km y vi a una familia de delfines Irawadi.

No hay nada predecible en el Sudeste Asiático, los trenes no llegan a su hora, la comida que pides no es la que te sirven, las aceras no son para los peatones, los pasos de cebra y la luz roja del semáforo no significan nada y los planes nunca salen como se espera. Pero he aprendido a dejarme llevar y me he adaptado rápidamente a vivir la vida de otra manera. He aprendido que viajar no es siempre cuestión de dinero, que si se hace despacito no tiene porqué costar demasiado. He aprendido a decir hola y gracias en 3 idiomas, a cocinar tailandés, a regatear y a mantener la flotabilidad bajo el agua. Ya traía aprendido de casa el ser respetuosa con otras culturas y no juzgar a los que son diferentes pero he aprendido a controlarme cuando veo turistas que no respetan (aunque aún no lo domino del todo).

He probado mucha comida que no conocía, me he hinchado a zumos de fruta, he conocido gente de muchos países, me he dado cuenta de que lo caro no es siempre lo mejor y he aprendido que una sonrisa y un “hola” en el idioma local pueden llevarte muy lejos.

Mi perspectiva del mundo ha aumentado, y sigue haciéndolo con cada país que visito.

100 días y tres países y creo que esto sólo acaba de empezar.

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